Boy Erased: Una verdad diluida sobre las “Terapias de conversión”

Las películas con causa social siempre han figurado como favoritas para llevarse los mejores premios, y aunque ahora todas las películas parecen obligadas a tomar una u otra causa sin reparar en la calidad de la producción, las actrices y actores mejor cotizados de Hollywood se arrastran por conseguir un papel que marque su carrera con uno de estos temas. No importa que eso que signifique sacrificar su belleza, subir o bajar de peso, cambiar de preferencia sexual, volverse víctima o victimario en temas de homosexualidad, racismo o feminismo. Boy Erased (Corazón borrado) entra en esa categoría, y justo en uno de los momentos más álgidos de la Iglesia Católica, saca a relucir el tema de la “Terapia de Conversión” como remedio para curar la homosexualidad.

El actor australiano Joel Edgerton, sigue ascendiendo peldaños en su faceta de director y guionista, después del buen sabor de boca que dejó con The Gift, ahora hace la adaptación al cine de las memorias de Garrard Conley a quien su familia obligó a someterse a una de esas terapias conocidas como “Love In Action” (¡Hágame usted el favor!). Así que las grandes figuras no dudaron en acudir al llamado. Nicole Kidman y Russell Crowe se convierten en los cristianísimos padres de Jared Eamons, un joven de 19 años que se descubre a sí mismo como homosexual, papel que representa de manera brillante Lucas Hedges (Manchester by the Sea). También participan el cantante Troye Sivan, Cherry Jones, Xavier Dolan y el mismo Joel Edgerton interpreta al “terapeuta” Victor Sykes; pero si hasta Flea, el bajista de Red Hot Chili Peppers consiguió un papel en la cinta.

Hasta aquí todo va muy bien, todo el mundo echándole ganitas a las actuaciones, no hay evidencia de que Edgerton corrió riesgos en la parte técnica y digamos que la historia corre a buen ritmo, pero… En efecto aquí viene el pero, y ese radica en que la cinta en realidad no proyecta la tragedia interna que vive Jared, la soledad en la que está confinado y la tortura que le significa defraudar a Dios y defraudar a sus padres; y mira que tenía al actor ideal para conseguirlo. Crowe cumple con su escueta participación y Kidman consigue expresar su conflicto interno a pesar del botox. Salvo un par de escenas intensas, como la del dormitorio por ejemplo, no hay nada que señale de manera contundente el tormento por el que estos chicos pasan en “terapias” así.

Boy Erased merece ser vista, sobre todo por aquellos padres que no saben abrazar sus creencias y la aceptación de sus hijos e hijas al mismo tiempo. La homosexualidad no tiene como requisito odiar a Dios o a los padres. ¡No es una enfermedad que debe ser erradicada!, es urgente que eso se entienda y para entenderlo necesitamos aceptarla como un verdadero acto de amor.

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