Chicas Tristes: La amistad como escudo.

Presentada en el Festival Internacional de Cine de Morelia y previamente reconocida con el Oso de Cristal en la Berlinale, Chicas Tristes, de Fernanda Tovar, es un drama de iniciación que convierte el paso a la madurez en una experiencia abrupta y dolorosa. A través de dos amigas que se preparan para una competencia internacional de natación, la película aborda las consecuencias de la violencia sexual y la manera en que una agresión puede alterar no solo la vida de quien la sufre directamente, sino también la de quienes la acompañan.

Uno de los mayores aciertos de Tovar es la franqueza con la que se aproxima al tema. Sin filtros innecesarios ni discursos moralinos, la directora se concentra en las secuelas físicas, psicológicas y emocionales del abuso, así como en la dificultad de reconocerlo, nombrarlo y asimilarlo. La violencia no se limita al momento de la agresión: persiste en las dudas, en el desconcierto, en la relación con el propio cuerpo y en la necesidad de continuar con una vida que, para los demás, parece no haberse detenido. La película también extiende esa herida hacia la amistad y la familia, mostrando que el dolor puede alcanzar a todo un entorno sin que eso signifique que todos sepan cómo enfrentarlo.

Tovar encuentra en la inocencia de sus protagonistas una herramienta narrativa particularmente efectiva, utiliza a los espejos como metáfora, tanto de cómo nos vemos a nosotros mismos y vemos reflejados a los demás, e incluso como forma de transmitir el acompañamiento y dar algo de confort a quienes son pasajeros en la vida y que pueden ir solos y cabizbajos durante un viaje en avión. Son una forma de reflejar la luz a quien se encuentra en la oscuridad.

Sus diálogos conservan la frescura, el humor y las preocupaciones propias de su edad, incluso cuando la historia se adentra en terrenos profundamente incómodos. Esa aparente ligereza genera momentos de falso confort: por un instante, pareciera que todo puede seguir como antes, hasta que la realidad vuelve a imponerse. El contraste no trivializa la violencia; por el contrario, evidencia lo difícil que puede resultar comprender una experiencia traumática cuando todavía se carece de las herramientas emocionales para hacerlo.

Hay algo especialmente perturbador en la manera en que la película presenta las distintas dimensiones de la agresión. El perpetrador parece no comprender —o no querer reconocer— la gravedad de sus actos y continúa con su vida, incluso intentando concertar una cita con la persona a la que ha lastimado. La víctima, por su parte, tampoco logra identificar de inmediato lo ocurrido como una violación. En esa desconexión se revela una de las grandes dificultades de la violencia sexual: el daño no siempre viene acompañado de una comprensión inmediata de lo sucedido, mientras que la normalidad cotidiana puede convertirse en una forma de impunidad.

La pregunta que surge entonces es tan incómoda como necesaria: ¿qué ocurre cuando debemos seguir compartiendo espacios con quienes nos han hecho daño? ¿Cómo se recupera la confianza en el mundo cuando la amenaza no necesariamente se encuentra lejos, sino que puede formar parte del entorno habitual? Chicas Tristes no pretende ofrecer respuestas sencillas. Su interés está en acompañar a sus protagonistas mientras intentan reconstruir su percepción de sí mismas y encontrar una forma de seguir adelante.

En ese proceso, la amistad se convierte en el principal refugio. No como una solución mágica ni como una promesa de que el dolor desaparecerá, sino como una red de apoyo capaz de sostener a quien todavía no encuentra las palabras para explicar lo que siente. La sororidad surge de manera orgánica, a través de la presencia, la escucha y la solidaridad, y permite que la película construya su fortaleza sin tener que subrayar constantemente su mensaje.

Las actuaciones de Rocío Guzmán y Darana Álvarez son fundamentales para que esa relación funcione. La química entre ambas resulta entrañable, y el contraste entre la fiereza de una y la ternura de la otra enriquece sus interacciones. Al principio, sus intercambios están llenos de espontaneidad, complicidad y alegría; conforme la violencia transforma su entorno, esa misma cercanía adquiere nuevas dimensiones. Las actrices consiguen transmitir el cambio sin perder la esencia de sus personajes, haciendo que su vínculo se sienta vivo y creíble incluso en los momentos más difíciles.

Como ópera prima, Chicas Tristes revela a una directora con una voz clara y una notable seguridad detrás de la cámara. Fernanda Tovar evita convertir a sus protagonistas en simples vehículos de una denuncia y les permite conservar su humor, sus contradicciones y su vulnerabilidad. Son adolescentes enfrentándose a una realidad que no tendrían por qué conocer de esa manera, obligadas a madurar antes de tiempo y a encontrar, entre la confusión y el dolor, una forma de recuperar el control de sus propias vidas.

Porque la violencia sexual no solo arrebata la seguridad: también puede alterar la manera en que una persona entiende su cuerpo, sus afectos y sus relaciones. Frente a ello, la amistad no borra las heridas ni garantiza justicia, pero puede convertirse en un escudo para no enfrentarlas en soledad. Y en un mundo donde tantas veces se exige a las víctimas que aprendan a vivir con las consecuencias mientras los agresores siguen adelante, acompañarse también es una forma de resistencia.

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Acerca del autor

Jose Roberto Ortega    

El cine es mi adicción y las películas clásicas mi droga dura. Firme creyente de que (citando a Nadine Labaki) el cine no sólo debe hacer a la gente soñar, sino cambiar las cosas y hacer a la gente pensar mientras sueña.


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