El fin de las primeras veces: Pueblerino viene a descubrirse a la gran ciudad.
Hacer una ópera prima independiente es siempre una moneda al aire, como puede salirte un verdadero truño o como puedes correr la suerte de que la falta de presupuesto y la inexperiencia técnica sea el catalizador para que una historia respire con autenticidad. En ‘El fin de las primeras veces’, el novel director Rafael Ruíz Espejo goza de lo segundo, entregando un coming of age lgbt que se aleja de estereotipos y clichés rodeado de una naturalidad abrumadora.

‘El fin de las primeras veces’ es la historia de Eduardo, un chico que viaja desde un pequeño pueblo a Guadalajara para presentar su examen de admisión a la universidad. Ahí se verá seducido no sólo por las entrañas de una gran ciudad, sino también por las entrañas de un chico citadino que dará rienda suelta a sus ímpetus sexuales.
La escritura es bien minimalista, rayando peligrosamente en lo incompleto, pues nos suelta la vida del protagonista sin red de seguridad y sin el contexto necesario para entender a los personajes secundarios, dejándolos como meros bocetos en pos de una economía narrativa (76 min) que si bien se agradece, también deja una sensación de que ‘algo falta’. Especialmente cuando hay que entender el contexto familiar y social del protagonista, donde el atisbo de una mamá mexicana gritándole por el celular ‘TE ME REGRESAS AHORITA MISMO’ sería más disfrutable si lo viéramos a cuadro. Aunque también es verdad que eso hubiera significado un riesgo al minimalismo de la narrativa, acercándola peligrosamente a un telenovelón.

Sin embargo, esa languidez en su guion se compensa con una puesta en escena orgánica, sensiblemente natural que nos da un coming of age lgbt sin traumas, sin tragedias, sin discursos identitarios pero sí con la incomodidad silenciosa del descubrimiento.
‘El fin de las primeras’ veces es una película que entiende cómo se siente el deseo homosexual antes de saber nombrarlo. Y eso difícilmente se logra contar tan fehacientemente si no lo has vivido de primera mano. La película tiene a bien evitar el dramatismo típico del cine LGBT mexicano, y eso es porque entiende mejor las emociones que las estructuras narrativas. No que eso sea necesariamente un acierto, pero en el resultado final, se agradece que se aleje del cliché del ‘sufrimiento de ser gay’ y se esfuerce en retratar correctamente el descubrimiento personal.

Las buenas intenciones de la dirección se ven traducidas en unas actuaciones tan naturales que a momentos se sienten con toques documentales, pero que aquí tienen la pericia de estar en el tono perfecto de realismo, pero respetando la ficción. Es verdad que tal vez hay un par de escenas de sexo que se sienten redundantes en la narrativa, pero ¿no es eso lo que nos pasa por la cabeza cuando recién descubrimos el sexo cuando adolescentes?
‘El fin de las primeras veces’ es una película imperfecta cinematográficamente, pero emocionalmente muy precisa. Si esta película hubiera caído en las manos de un gran estudio, seguramente estaría llena de luces neón, de un soundtrack de pop sintético y diálogos sobre explicativos que habrían matado la intimidad y el realismo de sus actuaciones.

Con un presupuesto decente y una revisión de guion más estricta, estaríamos hablando de un ‘coming of age’ gigantesco. Pero tal vez, solo tal vez, pulir tanto esta joya en bruto le habría quitado esa torpeza tan propia de las ‘primeras veces’. Después de todo, nadie recuerda su primera vez por ser perfecta.