Fjord: la intolerancia puede venir de ambos lados

Ganadora de la Palma de Oro en el Festival de Cannes de 2026, Fjord, de Cristian Mungiu, llega al Festival Internacional de Cine de Morelia como uno de los títulos más esperados. El cineasta rumano regresa a algunos de los temas recurrentes de su filmografía: los prejuicios, el comportamiento humano y los dilemas morales que surgen cuando nuestras convicciones chocan con las de los demás.

La historia sigue a los Gheorghiu, una pareja rumano-noruega profundamente religiosa que se instala con sus cinco hijos en un remoto pueblo de los fiordos noruegos. Allí entablan amistad con sus vecinos, los Halberg, y sus hijos estrechan vínculos a pesar de haber sido educados bajo principios muy distintos. Sin embargo, la aparente tranquilidad de la comunidad se rompe cuando Elia, la hija adolescente de los Gheorghiu, aparece en la escuela con moretones en el cuerpo. La sospecha de que la educación tradicional de sus padres podría estar detrás de las lesiones desencadena un conflicto que pronto trasciende el ámbito familiar para alcanzar instancias legales.

Con un guion inteligente y provocador, Mungiu confronta el esquema moral del espectador y lo coloca entre la espada y la pared. Por momentos, resulta inevitable desarrollar empatía por los padres, quienes consideran que están criando a sus hijos bajo valores que les permitirán distinguir entre el bien y el mal. Su religiosidad y tradicionalismo chocan con una sociedad progresista que establece otros límites para la disciplina, la autonomía infantil y la responsabilidad parental. Pero comprender sus convicciones no significa justificar todas sus decisiones, del mismo modo que defender la protección de los menores no implica aceptar sin cuestionamientos cada actuación de las instituciones.

Fjord no pretende ofrecernos respuestas; nos obliga a formular nuestras propias preguntas. ¿Quién tiene la razón? ¿O acaso alguien la tiene por completo? ¿En qué momento la protección de los niños se convierte en sobreprotección, y cuándo la disciplina familiar cruza la frontera hacia el abuso? ¿Hasta qué punto una sociedad puede defender sus valores sin terminar imponiéndolos como verdades incuestionables?

El paisaje frío de los fiordos noruegos acompaña esta confrontación con una belleza que contrasta con la creciente hostilidad de sus habitantes. Bajo esa aparente serenidad se esconde un sistema burocrático que, en su afán por cumplir procedimientos y proteger a los menores, corre el riesgo de perder de vista las particularidades de cada caso. La rigidez puede transformarse en insensibilidad cuando las normas dejan de ser herramientas para impartir justicia y se convierten en mecanismos que impiden escuchar al otro.

Pero Mungiu tampoco idealiza a la familia. Sus principios tradicionalistas plantean interrogantes legítimos sobre la libertad individual, la autoridad de los padres y el derecho de los hijos a construir su propia identidad. El conflicto no consiste únicamente en determinar si la comunidad está siendo injusta con los Gheorghiu, sino en preguntarnos qué significa realmente el bienestar de un niño y quién puede decidirlo. Porque el amor de los padres no garantiza que sus decisiones sean correctas, así como las buenas intenciones de una institución no la eximen de cometer errores.

Es precisamente en esa ambigüedad donde reside la fuerza de la película. Mungiu evita que el espectador se instale cómodamente en una postura y le recuerda que los prejuicios no son patrimonio exclusivo de los sectores conservadores, sino que existen también en los progresistas. La intolerancia puede manifestarse tanto en quien se niega a cuestionar sus creencias como en quien considera que sus propios valores son tan superiores que no necesita escuchar a quienes piensan diferente.

Las actuaciones de Renate Reinsve y Sebastian Stan son fundamentales para sostener esta tensión. Reinsve transmite con enorme sensibilidad las contradicciones de una madre atrapada entre sus convicciones y las consecuencias de sus decisiones, mientras que un irreconocible Stan ofrece una interpretación explosiva a la vez que contenida. La secuencia final deja abierta una interrogante particularmente inquietante sobre el futuro de la familia: ¿estarán dispuestos los padres a cuestionar sus propios valores si sus hijos toman decisiones que los alejan del tradicionalismo? ¿O la necesidad de conservar sus convicciones terminará pesando más que la libertad de quienes dicen amar?

Con Fjord, Cristian Mungiu entrega un drama moral complejo, sostenido por un guion minuciosamente construido y muy sólido, fácilmente de los mejores del año fílmico. Su mayor virtud está en recordarnos que la convivencia no exige renunciar a nuestras creencias, pero sí reconocer que ninguna convicción debería colocarnos por encima de los demás. Porque la intolerancia no siempre se presenta como odio explícito; a veces se disfraza de protección, de justicia o de la certeza absoluta de estar haciendo lo correcto. Y quizá el primer paso para combatirla sea aceptar que también nosotros podemos estar equivocados.

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Acerca del autor

Jose Roberto Ortega    

El cine es mi adicción y las películas clásicas mi droga dura. Firme creyente de que (citando a Nadine Labaki) el cine no sólo debe hacer a la gente soñar, sino cambiar las cosas y hacer a la gente pensar mientras sueña.


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