Ha-Chan Shake Your Booty!: Una caricia al alma.

Hay películas que nos recuerdan que el duelo no siempre se manifiesta entre lágrimas y silencios; a veces también se baila, se canta y hasta se sacude el cuerpo para intentar reconciliarse con la vida. Ha-Chan, Shake Your Booty!, de Josef Kubota Wladyka, es una hermosa y peculiar celebración de ese proceso: una película sobre la pérdida, la asimilación, la memoria y la posibilidad de volver a abrirle la puerta al amor cuando creíamos que ya no había espacio para él.

Haru (Rinko Kikuchi) y Luis (Alejandro Edda) son una pareja que comparte su pasión por los bailes de salón en Tokio. Él es mexicano y ella japonesa; sus idiomas, costumbres y tradiciones son distintos, pero juntos han encontrado una forma propia de comunicarse. Cuando una tragedia repentina rompe esa armonía, Haru se sumerge en el duelo y se aleja del baile, hasta que la aparición de un nuevo instructor despierta emociones que creía enterradas junto con su esposo. El reto ya no consiste únicamente en aprender nuevos pasos, sino en descubrir cómo continuar cuando el pasado todavía reclama su lugar.

Uno de los grandes aciertos de la película es la manera en que aborda el choque cultural entre Japón y México sin convertirlo en una confrontación irreconciliable. Las diferencias que separan a Haru y Luis terminan funcionando como dos piezas que encajan a la perfección, a pesar de no ser del mismo rompecabezas (Benedetti dixit). Sus lenguas, sus costumbres y sus maneras de comprender la muerte y el amor no desaparecen dentro de la relación: se complementan, se enriquecen y construyen un lenguaje común que encuentra en la música y el movimiento su expresión más genuina.

La selección musical es impecable, bastan las primeras secuencias para ver a los amantes despedirse al ritmo de “Nosotros” o remembrarse con la voz de Lucho Gatica. Las coreografías, igualmente son un verdadero deleite. Wladyka nos presenta secuencias fantásticas en las que el baile no es simplemente un espectáculo visual, sino una extensión de las emociones de sus personajes. La cámara fluye con ellos, como si también estuviera siguiendo los pasos de una coreografía; acompaña los movimientos, se deja llevar por el ritmo y convierte el espacio en una prolongación de los sentimientos. Incluso cuando la historia se adentra en territorios dolorosos, la película conserva una ligereza contagiosa que nos mantiene con una sonrisa.

La fantasía juega un papel fundamental en esa experiencia. Los momentos en que la realidad se transforma para dar cabida a los deseos, los recuerdos y las emociones de Haru aportan un toque lúdico que evita que la película se convierta en un drama convencional sobre la pérdida. Se ahonda en el sentimiento de pérdida, en el dolor y el anhelo. Se trata de aceptar que el duelo puede ser absurdo, contradictorio y hasta divertido; que podemos sentir culpa por volver a disfrutar, y que reírnos no significa que hayamos dejado de extrañar.

En el centro de todo está Rinko Kikuchi, auténtica MVP de la función. Su interpretación consigue que Haru sea excéntrica, entrañable, sensual y profundamente vulnerable sin perder nunca su humanidad. Su expresividad, sus movimientos y hasta su extravagante maquillaje contribuyen a construir un personaje que parece vivir permanentemente entre la realidad y una fantasía que le permite procesar aquello que no sabe cómo nombrar. Y verla caracterizada como Catrina es, sencillamente, uno de esos regalos visuales que justifican la experiencia.

 Ha-Chan, Shake Your Booty! Tiene la virtud de afrontar la pérdida como algo extremadamente difícil, pero recordándonos que seguir adelante no significa olvidar, que amar de nuevo no invalida lo que vivimos y que la vida puede recuperar su ritmo incluso después de una caída devastadora.

Porque sanar no siempre consiste en cerrar una herida; a veces significa aprender a bailar con ella. Una película luminosa, sensual, divertida y profundamente humana. Una caricia al alma.

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Acerca del autor

Jose Roberto Ortega    

El cine es mi adicción y las películas clásicas mi droga dura. Firme creyente de que (citando a Nadine Labaki) el cine no sólo debe hacer a la gente soñar, sino cambiar las cosas y hacer a la gente pensar mientras sueña.


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