I’m Thinking of Ending Things: Crisis de una mente en soledad

Cuando te enteras que un nuevo film de Charlie Kaufman está a punto de salir, sabes de entrada que es algo obligado para ver (aunque ni seas su fanático) y que no será una película ordinaria para matar los ratos de ocio domingueros. Su nombre es sinónimo de complejidad y esto se puede ver desde sus primeros trabajos como “Being John Malkovich”, “Adaptation” y la arrasadora “Eternal Sunshine of the Spotless Mind”. Pareciera que al sentarse a escribir un guión buscase cargarlo de todos los simbolismos, alegorías y metáforas posibles con el fin de transmitir visualmente la profunda, intrínseca y permanente complejidad de la psique de sus personajes. De esta manera, hace tangible su consciencia y nos permite experimentar sus procesos mentales como si fueran nuestros, logrando una mayor empatía por parte de los espectadores. La mejor manera de describir esto es precisamente “Being John Malkovich”, en la que cualquier persona podía entrar de manera literal en la cabeza del actor y experimentar ser él por un rato. Este ejercicio se repitió en algunos de los siguientes trabajos de Kaufman y la recién estrenada en Netflix  “I’m Thinking of Ending Things”, no es la excepción.

Escrita y dirigida por Kaufman y basada en el best seller de Iain Reid, “I’m Thinking of Ending Things” aparentemente nos sitúa en la cabeza de Lucy (Jessie Buckley) que está a punto de hacer un extraño viaje en carretera junto a su novio Jake (Jesse Plemons) para conocer a los padres de este. No llevan saliendo mucho tiempo, pero ella ya sabe que no hay un futuro en esa relación. La visita a los padres es un paso gigante en algo que ya tiene fecha de caducidad. Los pensamientos de la corriente de consciencia de Lucy son audibles para todos nosotros y prácticamente se resumen en el título del film “estoy pensando en terminarlo todo”. Como si Jake pudiera escuchar también el monólogo interno de su novia, la interrumpe en momentos clave para regresarla al mundo real y hacer algo por reparar lo que percibe en ella. Es en esta asfixiante media hora en la que comienzan a ocurrir eventos sin sentido y contradicciones. Lucy dice no tener interés en la poesía como Jake, pero de repente se avienta una larga declamación. Lo más raro es cuando recibe una llamada de sí misma y se rehúsa a contestar, ocultando a Jake la identidad de quien llama. 

Al llegar a la granja familiar todo se pone aún más extraño. Está comenzando una tormenta de nieve, la temperatura está para orinar cubos de hielo y nadie abre la puerta. incluso Jake parece no querer entrar y ve un buen momento para darle un tour a Lucy. No es la idílica granja que tenía en mente y solo halla animales muertos y rastros de otros ya fallecidos. La incomodidad de esto es nada en comparación con la que emanan los padres de Jake (Toni Collette y David Thewlis). Ella es una madre con problemas mentales que quiere a su hijo, y él un padre que jamás mira a su hijo y ni siquiera se saludan. Su comportamiento cambia de cuarto a cuarto y también lo hace su edad. En un momento son jóvenes y de repente serán la viva imagen de la decrepitud física y mental. Lucy percibe estos cambios pero no los expresa sino que se acopla a ellos rápidamente. Ella y Jake también estan sujetos a estas abruptas variantes narrativas. La historia de cómo se conocieron, la profesión e incluso el nombre de Lucy se transforman cada vez que se hace mención de ellos. Es como si el guión estuviese vivo y decidiese transformarse solo porque puede. La incómoda interacción social se ve interrumpida de repente por imágenes de un anciano y solitario conserje de escuela, del cual uno deduce está relacionado con la familia. Después de dejar la granja, emprenden el viaje de regreso que los llevará a un lugar todavía más extraño para alcanzar un vago y musical clímax que tiene sentido uniendo todas las pistas desperdigadas desde el inicio. 

Como guionista, Kaufman es genial. No sólo por la complejidad de la que hablaba al principio de la nota, sino también por los excelentes diálogos y saber dejar piezas de rompecabezas en los momentos adecuados. Pero como director y editor aún puede mejorar bastante. Quizás haya sido su intención desde el principio, pero el primer trayecto en carretera hace asfixiante la primera media hora. Es incluso más claustrofóbico que el de “Inside Llewyn Davis”. Ganas no me faltaron de decirle yo mismo “Bienvenido a Botadero. Población: tú” a Jake con tal de que se acabara esa maldita secuencia. La llegada a la granja es una bendición (menos para la pareja) ya que todo se compone y comienza un ritmo mucho más ágil con ayuda de los abruptos cambios ya mencionados. La estética general es gris con algunos contrastes pero siempre fría o con una calidez falsa y lúgubre. El interior de la casa se ve igual de acogedor que la oscura carretera en medio de la tormenta. Como Lucy, estamos en un lugar del cual queremos escapar. 

Resulta notorio el compromiso de los actores hacia sus personajes. Toda la estadía en la casa los lleva a rangos extremos de emociones y los surfean con gran maestría. Brillan sobre todo Toni Collette y David Thewlis como los padres. Nadie está desperdiciado, ni siquiera las fantasmagóricas presencias que Jake y Lucy encuentran en una tienda de helados en medio de la nada. Sorprende Jesse Plemons en su escena final, donde se quita la fachada dura y difícil de leer de Jake para destilar las emociones que lo aprisionan por medio de una canción. Que bonitas salen las cosas cuando todos le echan ganas.

Pero ¿qué carajos estaba pasando realmente? ¿Cuál era el objetivo de tantos y drásticos cambios en la narración y trasfondo de los personajes? ¿Jodernos acaso? Ahora entraré a tratar de dilucidar todo esto lo más breve que pueda porque tengo que sacarlo del pecho. Obviamente todo lo que sigue tiene spoilers, así que si no la has visto detente aquí porque odiaría ser quien te arruine esa parte del cine que más amo: sorprenderse. 

¿Qué rayos?

Desde la introducción, Kaufman nos tiene engañados a todos. Parece situarnos dentro de la mente de Lucy quien, por ende, adquiere el rol protagónico de la narrativa. Su decisión/indecisión de cortar a Jake parece ser también la problemática principal y el título del film parece reforzar esta noción. Mientras más se va desfigurando todo lo que creíamos saber, nos vamos dando cuenta que ella parece ser artificial o creada y poco a poco se le cede más importancia a Jake y su historia. Al oírla narrada por sus padres y los atisbos a su recámara, se siente un personaje más real, con un pasado fijo que sólo se ve alterado cuando Lucy ya era parte de la ecuación. Él es sumamente controlador. Mandar callar agresivamente a sus padres, les grita y hasta parece despreciarlos. Esta toxicidad también se extiende en el trato a su novia. La corrige de maneras pasivo-agresivas cada vez que puede, evade sus preguntas y siempre busca alzarse intelectualmente respecto a ella.

Es hasta que Lucy encuentra en la lavadora de la casa el uniforme del conserje que nuestras sospechas se ven confirmadas: Jake es ese solitario ser de los flashazos y todo está siendo controlado por él. Kaufman halla una entretenida forma de explicar esto: un número de baile. Alguna vez ese joven conoció a una chica que bien pudo llamarse Lucy o Amy o Yvonne. Pero algo no resultó. Su pasado, sus padres, su forma de ser o todo junto lo arruinaron todo, eliminando al Jake feliz del mundo para dejar solamente al solitario conserje de escuela.

Todo lo que vemos son los esfuerzos de la psique de Jake por corregir el pasado o al menos vislumbrar que hubiera sido de él si las cosas hubiesen sido distintas. Esta fantasía es un trabajo en progreso y no cosa de una sola noche solitaria. Si ve una película romántica y le gusta algo de ella, la añade a su imaginario. Algún nuevo libro que leyó buscará meterlo en las conversaciones ficticias con Lucy. Pero la realidad de su vida tiene más poder que cualquier sueño. Por ejemplo, el miedo y tristeza por el rechazo que sufre de los estudiantes se ve manifiesto en la tienda de helados. Pero la relación con sus padres es la que más hace ruido. Los cambios de edad de ellos nos dan a entender que Jake jamás dejó su hogar. Todas las facetas por las que pasan durante la cena son todas por las que los vio atravesar al crecer. El rechazo de su padre, la enfermedad de su madre y las fuertes discusiones entre ambos lo marcaron para siempre. Los veía como algo monstruoso y por cuidar de ellos en sus peores momentos, la vida se le fue y quedó completamente solo. En su mente, el tiempo colapsa en sí mismo y no puede verlos de una forma fija durante la visita. Como sabiendo que de estar con alguien, esa pareja igualmente los conocería en esos estados y es algo que la orillaría a dejarlo. Robando una frase de Joyce, para Jake “No hay pasado ni futuro, todo fluye en un eterno presente”

En el clímax cobra más sentido el título de la película. Parecía referirse al término de una relación, pero en realidad alude al fin de la vida de Jake. No importó jamás qué cambios le hiciera a su pasado, el resultado siempre era el mismo. Nadie iba a quererlo por quien era e iba a estar solo para siempre. Todo el vértigo emocional sufrido por años, solamente podría terminar con un suicidio. Kaufman no se vio literal y no necesitó mostrar el acto en sí. El uso de una canción para dar a entender esto, le da a la película un cierre surreal digno de todo lo que vimos las primeras dos horas. Que de todas maneras, por más adornado que esté, lo deja a uno jodidamente triste. 

“I’m Thinking of Ending Things” se convirtió instantáneamente en uno de los obligados del año, digo no es que el 2020 tuviera mucho que ofrecer la verdad, y la recomiendo ampliamente. Sean fuertes y superen la primer media hora porque el onírico y surreal viaje vale mucho la pena después. 

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Acerca del autor

El Markovich   @ChocolateBono  

Observador de la escena humana dentro y fuera de la pantalla. El cine y el chisme son de mis cosas favoritas, así que heme aquí. Yo sólo doy mi opinión, al final tú decides.


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