Inherent Vice: Ni picha, ni cacha, ni deja pensar

Ha pasado y era inevitable. Solo un loco metido en la total negación hubiera pensado que siempre sería igual; ese temido momento por todos sus seguidores, por todos aquellos que lo reconocemos como una de las joyas de la dirección cinematográfica contemporánea. Era cuestión de tiempo pero al fin y al cabo duele de igual manera. Paul Thomas Anderson nos ha fallado, decepcionado y abandonado en un viaje ácido sin ton ni son; donde todo es lo que parece pero nada concuerda con lo que es; donde los géneros se pierden en un desequilibrio casi grosero y el ritmo narrativo va y viene sin ningún pesar; donde el director parece dejar de lado varias de sus fortalezas y características artísticas para abrazar el sello de otros, de un Lynch quizá ¿O acaso de un Howard Hanks? No se puede saber, pues incluso esa estela de pretensión tan enemiga de él en el pasado parece haberle alcanzado de la mano de una novela noir – ácida – surrealista que tal vez, y solo tal vez, hubiera quedado mejor de nunca ser adaptada al cine por una sencilla razón, la  cual se remite a la incapacidad de alguien como PTA para desarrollarla.

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¿Parece algo imposible no es cierto? Pero desgraciadamente es verdad, Paul Thomas Anderson se toma en esta ocasión varias libertades para encausar un relato incomprensible ya no digamos por su temática y/o premisa, sino por su tratamiento en distintos planos que causan una confusión severa  y un arrebato alarmante para el espectador: la libertad y capacidad de escoger que ver y/o que entender, que percibir y/o que conjeturar, en otras palabras, el director no da los suficientes elementos en un plano surrealista para que el espectador pueda armar su propia apreciación o captación de los hechos, pero tampoco deja en claro en un sobrado tratamiento noir de qué carajo va su historia o los motivos de sus personajes, así que todo se pierde en una pretenciosa media, un largo y forzado paraje narrativo de excelente ambientación y de pintorescas y extravagantes interacciones actorales donde los cimientos de un relato persisten, pero la construcción sobre estos se tambalean con cada ladrillo sobrepuesto

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Al final, el sello y la luz se pueden entrever con mucho trabajo entre esos tabiques mal puestos e incluso uno quiere y hasta se exige así mismo amar aquella pared mal parada y construida, pero no se puede, resulta imposible, incomprensible y hasta en cierta forma grotesco.

 

No eres tu Pynchon, es PTA

El problema no es que la novela de Pynchon sea para muchos, más loco e inentendible que ver Mullholland Dr. con 50 hongos encima ¡No! El problema es que PTA,  a diferencia de toda su filmografía previa, no hace énfasis en ningún momento de que va la historia; hay una excusa claro está, un acto que desencadena todo el porvenir, pero  el cineasta no repara en estructurar, equilibrar o poner de relieve ninguno de sus elementos para que el viaje sea a menos placentero o lógico de seguir.

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Si bien en algunos esbozos o retazos el humor negro sale a relucir y algunas secuencias son verdaderamente idílicas, pareciera que las virtudes de estas solo alcanzan para aplaudir el desempeño actoral, la fotografía y/o las tareas de producción en cuando a diseño de ambientación, vestuario y maquillaje, resultando alarmante que estos apartados, sin hacerlo menos, opaquen el poderío narrativo ya conocido de PTA.

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Obviando su talento por un momento, el problema en resumidas cuentas se basa en equilibrio y ritmo. Todo comienza como un noir: una femme fatale se aparece y pide un favor peculiar  su ex novio el detective Doc Sportello (Una especie de alegoría a Bugs Bunny), el de encontrar al ahora su pareja, un magnate inmobiliario envuelto en algunos conflictos de poder. La línea argumental se percibe por momentos lógica y los personajes más interesantes y funcionales hacen su aparición, pero es cosa de momentos para que el plano del “viaje ácido” se dé a lugar sin ningún anuncio, aviso, recurso o herramienta visual – auditiva de por medio, sino simplemente la tangente narrativa comienza a trastornarse de tal manera que para la mitad del metraje ya nada tiene sentido, ni la trama, ni los motivos de los personajes, ni mucho menos la investigación (La cual parece esclarecerse una hora antes de terminarse la película) ¿Es esto propositivo? Totalmente y acorde a la naturaleza del relato y del mismo título, pero terriblemente encausado por la dirección, pues la plasta narrativa de una corriente narrativa sobre otra se convierte en un desastre del que nadie sale bien librado, mucho menos cuando la delimitación de los personajes es en la mayoría de los casos superflua o apenas bidimensional y los motivos solo parecen extenderse a una metáfora de Busg Bunny contra Elmer “Gruñón”. Podría funcionar en el papel de Pynchon, pero en la pantalla de Anderson es un caos con bellos y estéticos momentos más algunos momentos de brillantez histriónica.

 

¡What’s up Doc!

Otra de las esencias que se extraña de las obras previas de Anderson es aquella en el que todo personaje inmiscuido aporta algo sustancial a la trama aunque su participación sea mínima, ya sea de una manera que infiera en el contexto o alguna maravilla visual desarrollada bajo su figura. En este caso tampoco pasa así, pues la referencia protagonista Joaquin Phoenix es el vehículo narrativo total del relato.

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Phoenix logra hacer un buen desempeño, mucho mejor que el general de la cinta vale la pena mencionarlo, pero también su personaje palidece ante toda la intermitencia de la misma obra. Ahora que, si nos ponemos en el ton ácido que propone PTA y Pynchon, habrá que voltear hacia la interacción de Bugs y Elmer en los rostros de Joaquin y Josh Brolin, este último con la actuación más relevante como un gruñón y mal encarado policía con un vergonzoso secreto en su casa (Ojo con la escena del diálogo en el restaurante que es hilarante). Estos dos son los motores de la obra y en mucha parte la única pista que tenemos para seguir la poca coherencia y cordura que aún le queda.

De otros es triste mencionar que el desperdicio es máximo; Reese Whiterspoon, Jena Malone, Owen Wilson y Benicio del Toro en papeles desdibujados que no aportan nada a la trama ni para bien ni para mal, así como todo el desarrollo, historia y final conclusión.

 

¿Hay que verla?

Totalmente. También los fracasos de tu director favorito son imperativos para aprender que no todo puede ser perfecto. La cinta logra algunos buenos esbozos, actuaciones y secuencias comiquísimas llenas de humor negro ¡Vamos! Incluso en su primera hora sirve como diccionario de elementos del extinto género noir y la fotografía y el diseño de producción son excelsos, pero nada es suficiente para sopesar la debacle argumental y narrativa que progresivamente se ira acrecentando hacia una plana y mucho más que aburrida que incoherente conclusión.

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PTA ha fallado; para algunos (No para su servidor) ya lo había hecho con The Master ¿Es eso causa de alarma? No lo creo estimados, pero si es una lección y una afirmación de que la genialidad debe descansar ¿Recuerdan que PTA suele dirigir cada 3 o 4 años? Bueno, aquí solo dejó pasar uno ¿Coincidencia? ¡Carajo! No lo creo.  Esperemos que deje de tomar esos ácidos y retome el buen camino

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Acerca del autor

El Fett   @El_Fett   cinescopia.com

El más realista y cabrón crítico de cine que pueda existir. Ente sin misericordia que tiene el halago de transmitir a los mortales su sentir y sabiduría en el mejor recinto sobre el séptimo arte. Cinéfilo de corazón y crítico crudo por vocación. Alter ego del Licenciado en mercadotecnia y RRPP Oscar M Rodríguez (FB) Sigueme en twitter @El_Fett


3 comentarios

  • Y después no saben explicitar su irrefrenable descomposición al ver cine de arte y ensayo “palmarizado”. Mullholland Drive, que sí es entendible, y “El sueño eterno” son casi de manual ante este esperpento.
    Hola, Fett

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    • Mi querida Minaya disculpe por la demora en contestar, este cazarrecompensas ha andado muy ocupado ultimamente.
      De acuerdo con usted querida, ya nos hacía falta
      Saludos y gracias por comentar

      Responder

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