Las Hijas de Abril: ¡Bah! ¿Y qué pasó?

Cuando te gusta el cine vas escalando en la calidad de las películas y te haces más exigente. Antes solía basar mi decisión en qué tantos premios tenía en el poster y entre más laureles, creía que más buena era la película. Sin embargo, se ha venido una corriente de cine intimista o neorrealista o contemplativo o qué se yo cómo se le llame, que cada vez aleja más al cinéfilo promedio. Entre más laureles más aburrida la película. Es ese tipo de películas donde vemos cómo preparan, en tiempo real, una taza de café y solo se dicen tres frases donde dos son -¿con azúcar?-… – sí… dos cucharaditas…- y además, mal dichas, como hablando para adentro y en susurros. De este tipo es Las Hijas de Abril.

Dos medias hermanas, Valeria de 17 años (Ana Valeria Becerril) y Clara, llegando a los 30 años (Joana Larequi), viven solas en una casa de playa en Puerto Vallarta. Valeria esta embarazada de su novio Mateo (Enrique Arrizon) y esperan con ilusión a su bebé. Sin embargo, tienen problemas económicos y Clara decide llamar a su madre Abril (Emma Suarez), una española madre ausente que llega muy cool y despreocupada a apoyar a sus abandonadas hijas.

Nace la bebé de Valeria y, como buena madre adolescente, se las ve muy difícil para criarla. Clara lleva todo el peso de la casa y de la familia, además tiene problemas de sobre peso y baja autoestima, así que Abril decide hacerse cargo de todo, toma decisiones muy fuertes y radicales. Abril es una mujer que, a pesar de todo, quiere recuperar esa juventud perdida y no le importa lo que tenga que pisar en el camino, esta decidida a ser joven más tiempo.

Una trama que se antoja buena e interesante, el problema es como está contada; las actuaciones son muy malas, muchos lugares comunes, situaciones que pretenden ser cotidianas pero resultan inverosímiles y al final todos los cabos sueltos y ninguno sin ser resuelto. Hay personajes que parecen muy enigmáticos y complejos, que esperamos que en cualquier momento nos den la sorpresa y se quedan ahí, sin aportar nada. El ritmo es muy lento, demasiadas escenas de carretera, mucha escena innecesaria, diálogos sin sentido. Tomas que colocan al espectador dentro de un carro o viendo por la ventana pero no dan mucho a la trama.

La típica película que nos mete a la sala de cine por sus premios y que al terminar nos confirma que los festivales están llenos de películas aburridas que nadie entiende y nos hace dudar de nuestro intelecto.

Esta película ganó el premio especial del Jurado en la sección Una Cierta Mirada del pasado Festival de Cannes, algo vieron los jueces que yo, una simple mortal, no vi.

Creo que la mejor reseña sería lo que dijo la señora que estaba a lado mío en el cine “¡bah! ¿y qué pasó?”.

 

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Vilma Aida    


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