Leviticus: El verdadero demonio de la represión adolescente.

El terror ‘contemporáneo’ (lo que sea que eso signifique hoy en día) lleva años buscando monstruos cada vez más sofisticados y rebuscados, pero con la retahíla imparable de películas del género, pocas cosas sorprenden ya. Y aunque Leviticus no es el hilo negro del terror adolescente, sí que llega a la cartelera con una premisa muy interesante.

En un pueblo industrial (y profundamente mojigato) de Australia tenemos a dos adolescentes: Naim y Ryan. Como cualquier ser humano en esa etapa, son presas de sus ímpetus más básicos. Sin mucho con qué distraerse entre paseos campiranos y ruinas industriales, nuestros protagonistas sucumben a la tensión sexual que existe entre ambos… hasta que sucede lo inevitable. El buenorro de los dos, Ryan, tiene más pretendientes y más ganas de divertirse. Así, Naim lo descubre un día pasándola bien con otro chico y, en un arranque de celos y decepción, los acusa con el padre del tercero en discordia, quien casualmente es el pastor de la iglesia local.

Este inicio se antoja un poco a lo visceral de la argentina La virgen de la tosquera, aunque durante el primer acto su narrativa es 100% la de un coming of age meloso y muy netflixero. Sin embargo, rápidamente Leviticus muta hacia terrenos mucho más oscuros y ambiciosos.

El resultado del chisme en Leviticus es que el pastor convoca a una suerte de exorcista para “liberar” a los chicos de la “maldición” de la homosexualidad. Pero como para el amor y la calentura no hay imposibles, Naim y Ryan siguen encontrándose. Aquí viene el giro: la supuesta maldición provoca que lo que ellos perciben como el ser amado y deseado, sea en realidad un ente sobrenatural que busca eliminarlos. Suena rebuscado, pero es una analogía interesante donde el verdadero demonio no es un espíritu, sino una comunidad que cree que amar a alguien de tu mismo sexo es un castigo divino.

Pero de las buenas intenciones no vive el cine. Y es que a partir de ahí, las cosas en Leviticus se nos empiezan a torcer. Narrativamente queda clarísimo que este exorcismo es un parangón de las deleznables “terapias de conversión”, pero el guión divaga. Nunca nos deja claro si el pueblo actúa desde el convencimiento genuino de que están salvando almas, o si operan bajo motivaciones más siniestras.

Paradójicamente, el mayor pecado de Leviticus no es su ambición temática, sino su ritmo. Con apenas 86 minutos de duración, la película se las arregla para quedarse atrapada en un segundo acto eterno. Da vueltas sobre su propio eje repitiéndonos la misma idea de que el deseo te va a destruir y reserva casi toda la tensión y lo más fuerte para un tercer acto que llega atropellado y demasiado tarde. A esto se le suman subtramas que nunca logran cuajar. El ejemplo más claro es Mia Wasikowska que interpreta a una madre viuda y atormentada que no sabe cómo manejar la orientación de su hijo, pero no entendemos el porqué de su actuar, el personaje solo “está” ahí. Y esto, quieras que no, hace que se sienta incompleto.

La premisa de Leviticus no sólo es interesante, es directamente provocadora. La película no trata realmente de demonios sino que nos muestra el terror como consecuencia de la represión. Pero el problema es que tiene demasiados temas pesados (terapias de conversión, celos, exorcismos) en una olla de presión muy pequeña.

La distribuidora parece ser consciente de este desequilibrio y está apostando por un marketing más provocador, con pósters e imágenes que exprimen el morbo de la homosexualidad mezclada con el terror. Y vale, que Leviticus sí toca el tema, pero a duras penas logra saber qué hacer con él antes de que se le acaben los minutos… y el deseo.

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Acerca del autor

Leo Idair    

MOCATRIZ (Modelo, Cantante y Actriz) en Instagram pero humanista en la vida real. Creo en las utopías pero sin dejar la realidad fuera. Dame una buena telenovela y estoy a bordo. Mi mamá me hizo cinéfago desde chiquito.


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