Neruda, alejen a Larraín de las biopics.

Para mí, como para cualquier latinoamericano que se preste de tener un mínimo de cultura general, la figura del poeta chileno, Pablo Neruda, es tan esencial y necesaria como el padrenuestro. Creo haber recitado “Me gustas cuando callas porque estás como ausente…” en más de una ocasión durante mi formación académica mientras me preguntaba de qué estaba hecho Neruda.

Así que cuando me propusieron ir a ver el estreno de Neruda no lo dudé. Había varios puntos que la hacían tentadora; estaba Pablo Larraín en la dirección y los hermosos ojos de Gael García haciendo de un policía cabroncete.

El resultado fue que me quedé sin comprender lo que vi.

Neruda resulta un híbrido entre cine noir, surrealismo y biografía, pero todo junto, sin un propósito real y una luz horrible que (sin saber por qué) encandila constantemente al espectador, que sin deberla ni temerla, desmitifica en 1 hora y 47 minutos la figura del poeta. Porque si bien es verdad que Neruda también era humano y cumplía con las necesidades fisiológicas que todo ser realiza, no sé sí había necesidad de ver al poeta y senador haciendo desfiguros del tipo ponerse hasta la madre, meterse con cuanta puta veía y ser un pedante mamón del que todos se burlan por su modo de recitar con una vocecita nefasta y cansina.

¿Y sabe qué fue lo peor? Que la figura de Luis Gnecco se ve casi opacada por la del mexicano, quien da vida a un policía llamado Oscar Peluchoneau, un perseguidor de Pablo cuando por órdenes del entonces presidente chileno, Gabriel González Videla, se realiza una cacería incansable para atraparlo y encarcelarlo por ser un rojillo comunista. Hecho que fue verídico y que sirvió de combustible para escribir el brillante “Canto general” una de las obras más bellas de la literatura en la lengua de Cervantes.


Digamos pues, que a Guillermo Calderón, escritor de esta pieza, se le fueron las cabras al monte y mezclando hechos verídicos de la vida del escritor y reinventando la figura de Peluchoneau (porque si bien existió, poco se parecía a la figura que retrata la cinta) las dos mujeres del poeta y su trascendencia como figura de las letras en el mundo, no le alcanza para mostrarnos una obra consistente y suficiente para enaltecer o desmitificar (de forma contundente) la figura de Pablo Neruda.

¿Algo rescatable? Los últimos 15 minutos de la cinta, que tienen una fotografía preciosa que retrata la nevada cordillera que separa Chile de Argentina. En un blanco fantástico que refresca del letargo que el espectador estaba viviendo, sólo para después, reanimarlo por un instante antes de matarlo en el más frío de los olvidos.

Al finalizar, uno no sabe si perdió el tiempo, si el intelecto ya no está para eso o fue que las palomitas cayeron de peso y la somnolencia se apoderó de nuestros ojos. La cosa es que la cinta queda a deber y mucho.

Algo le está pasando a Larraín, dije al llegar a casa. Primero Jackie y ahora Neruda… aléjenlo de las cintas biográficas.

Ya en cama, metí los pies entre las sábanas que guardan mi descanso y releí “Puedo escribir los versos más tristes esta noche…” y me quise quedar con aquel sentimiento que tuve al recitar al chileno en una patria que no era la mía, con el sentimiento del exiliado en los labios y la única idea de dejar un poco de mí que me hiciera trascender en aquel país de molinos y quijotes.

Para el poeta, las rosas, no las cintas.

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