Señoritas: ¿Existe una edad en la que dejamos de desear?
El cine ha convertido el coming of age en uno de sus relatos predilectos. Durante décadas nos ha contado historias sobre adolescentes que descubren quiénes son, qué desean y cuál es su lugar en el mundo. “Señoritas”, ópera prima de Mykaela Plotkin, propone una idea mucho menos explorada, pero igualmente poderosa: ¿qué ocurre cuando ese proceso de descubrimiento llega después de los setenta años?

Lívia vive una existencia que parecería responder al arquetipo de una jubilación tranquila. Comparte sus días con su esposo, mantiene una relación cercana con su hija y dedica las tardes al cuidado de su nieta. Todo parece haber encontrado un equilibrio apacible hasta que el regreso de Luci, una amiga de juventud, despierta en ella impulsos que alguna vez tuvo y deseos que llevaba décadas reprimiendo (incluso sin ser consciente de ellos). A partir de ese encuentro, la rutina deja de ser una zona de confort para convertirse en un espacio que la protagonista comienza a cuestionar.
Más que una historia de romance o de redescubrimiento sexual, “Señoritas” funciona como un auténtico coming (of the third) age. Es el relato de una mujer que vuelve a aprender a vivir. Que recupera el hambre de experimentar, de escuchar sus propios deseos y de desafiar las normas tácitamente aceptadas sobre cómo “debería” comportarse una persona de la tercera edad.

Lo más interesante es que ese conflicto nunca se manifiesta mediante grandes confrontaciones externas. La batalla de Lívia ocurre casi por completo en su interior. Cada clase de baile, cada visita a la playa o incluso una aparentemente sencilla entrada a una sex shop representan pequeñas conquistas personales, momentos donde la protagonista intenta comprender qué quiere, qué está dispuesta a vivir y cuánto de ello desea compartir con quienes la rodean. Mykaela Plotkin demuestra una sensibilidad extraordinaria para abordar este proceso. Resulta sorprendente que una directora joven y debutante encuentre un grado de empatía tan profundo hacia emociones que, en principio, podrían asociarse únicamente con una determinada etapa de la vida. En sus manos, sin embargo, esos sentimientos adquieren un carácter universal. El miedo al juicio ajeno, la necesidad de reinventarse y el deseo de conservar espacios de intimidad son inquietudes que trascienden cualquier edad.
Hay, además, un profundo respeto hacia sus personajes. Señoritas nunca ridiculiza sus dudas ni romantiza la vejez. Tampoco intenta negar el paso del tiempo. Por el contrario, acepta la realidad presente de sus protagonistas mientras los confronta con la memoria de quienes alguna vez fueron. Ese equilibrio entre aceptación y anhelo dota al relato de una honestidad profundamente conmovedora.

Plotkin también filma con una delicadeza admirable. Su cámara observa el cuerpo humano desde la ternura y la dignidad, alejándose por completo del morbo. Las escenas de intimidad no buscan provocar al espectador, sino reivindicar la sensualidad como una dimensión inherente a cualquier etapa de la vida. Es quizá uno de los mayores logros de la película: cuestionar nuestros propios tabúes sin desafiar la moralidad, sino recordándonos que la libertad personal también consiste en conservar el derecho a disfrutar de nuestro cuerpo y de nuestros deseos.
En esa misma línea resulta particularmente significativa la pequeña mentira que Lívia repite una y otra vez: “voy a mis clases de pintura”. No parece existir una verdadera razón para ocultar sus salidas. Sin embargo, esa frase termina revelando algo mucho más profundo: la necesidad de preservar un espacio exclusivamente suyo, un refugio donde ejercer una libertad que siente imposible de explicar a su familia. Más que una mentira, es el símbolo de una intimidad recuperada.

La edición apuesta por transiciones discretas y elegantes que acompañan el ritmo pausado del relato sin hacerlo pesado. El trabajo de casting es igualmente sobresaliente. Tânia Alves ofrece una interpretación llena de matices, capaz de transmitir contradicciones y emociones, mientras que los personajes secundarios, aun en apariciones breves, enriquecen constantemente el universo emocional de la historia.
“Señoritas” es una película pequeña en apariencia, pero profundamente generosa con su mirada hacia sus personajes. Evita los discursos grandilocuentes y prefiere construir sus reflexiones desde los pequeños gestos cotidianos, encontrando en ellos una humanidad desarmante.
Y cuando llegan los créditos, una pregunta permanece inevitablemente suspendida en el aire: ¿existe realmente una edad en la que dejamos de descubrirnos, de desear o, simplemente, de disfrutar la vida? Quizá la mayor virtud de la película sea recordarnos que la respuesta siempre ha sido la misma.