‘The Square’: La utopía máxima a través del arte de los hipócritas

Cinta ganadora de la Palma de Oro en Cannes de 2017, y favorita nominada a Mejor Película Extranjera para la 90a entrega del Oscar, dirigida por el sueco Ruben Östlund, The Square cuestiona los límites del ser humano ante un sinfín de situaciones, a través de la peculiaridad de criticar y señalar mucho de lo dudoso que es el arte contemporáneo visto desde un aspecto mucho más general y simplista.

La historia es un extracto de la vida de Christian (Claes Bang), padre divorciado con dos hijas, cuyo trabajo es ser curador principal dentro del Museo de Arte Moderno de Estocolmo. Específicamente es la mente maestra detrás de la siguiente exposición cuya pieza central es “The Square”, una instalación descrita como un santuario de confianza y afecto donde, si decidimos entrar, todos contaremos con los mismos derechos y obligaciones. La utopía máxima.

Buena vida, buena ropa, departamento bonito y un Tesla son el aspecto material que describe la clase de persona que es. Pero es hasta que a Christian le roban su celular a través de un acto, que bien podría caer en el happening, que todo ese discurso humanista se va ramificando a través de múltiples e incomodas situaciones para finalmente enfrentarnos con nuestra verdadera naturaleza, teniendo como punto de partida la búsqueda por recuperar tan preciado aparato.

Pero antes de continuar, y buscando darle un mejor contexto a la cinta, hay que conocer algunos aspectos importantes de su director: primeramente, en 2015, Ruben y su productor pecaron de una gran egolatría al grabar su reacción durante las nominaciones al Oscar, en ese momento daban por hecho que Force Majeure, su cinta previa y que vale muchísimo la pena ver, estaría nominada dentro de lo mejor del cine extranjero. La sorpresa… no fue así, ¡Oh, decepción!

El siguiente aspecto a tomar en cuenta: El Discreto Encanto de la Burguesía de Luis Buñuel, una máxima de su inspiración. También el trabajo del director Roy Andersson, su maestro. Sin olvidarnos de la instalación artística creada por el mismo Östlund al lado de Kalle Boman en mayo de 2015, un cuadrado en el suelo convertido en una zona de confianza y humanidad.

Luego de haber expuesto lo absurdo de las relaciones humanas en su largometraje previo, ahora pareciera que trae un cargamento de preguntas y encrucijadas para romper la búsqueda de esta “limpia” que muchos buscamos siendo más empáticos, generando compasión, entendimiento, reeducándonos, abriendo la cultura y aceptando esta diversidad humana para poder vivir en un mejor entorno. Siempre usando como vehículo principal al arte, el que final de cuentas, ha sido descrito como una extensión del ser humano para representar el mundo en el que vive.

La película utiliza los límites de éste y lo estúpidas que pueden ser algunas piezas, lo absurdo que es que galerías y museos cuiden de ellas, el elitismo que funge como aura de esta industria, y lo imbécil de algunos de sus creadores e integrantes, para darnos un discurso sobre la doble, triple, y hasta cuádruple moral de muchos individuos en base a la incongruencia e hipocresía de nuestras acciones: la postura pública anti-racista (afroamericana) de alguien que despectivamente utiliza la palabra “indio” hacia una persona morena; el uso irracional de los #PrayFor… cuando caminando por la calle ignoramos a esa persona pidiendo dinero y emitimos un rápido juicio para decirle que mejor se ponga a trabajar; o el discurso feminista que damos con nuestros amigos cuando en la privacidad desprestigiamos lo que somos ante personas dañinas o protegemos al amigo/novio golpeador.

Son en esos y más puntos clave donde el director provoca el autoanálisis hacia nuestra conducta y postura con una sátira que apunta a las pretensiones y afectaciones artísticas y colectivas. Arremete contra lo políticamente correcto, la manipulación en los medios, el individualismo, contra el miedo a lo “diferente”, a nuestros prejuicios, contra lo que reflejamos y lo que verdaderamente somos, y aborda lo esencial de la vida actual como la libertad de expresión, la lucha de las minorías, el enorme contraste que hay entre clases sociales, la migración, e incluso la educación a futuro.

Hay que mencionar dos de sus momentos estelares: la escena inicial donde se plantea “¿qué es arte?”, y cuestiona si un pedazo de basura se vuelve arte al meramente ser colocada dentro de un museo. Y por otro lado, una de las secuencias más incómodas que más he disfrutado; un artista y su performance (inspirado en el artista ruso, Oleg Kulik), quien imita a un simio para confrontar a los asistentes de una cena de gala, y donde se pasa de la risa al pavor, generando la pregunta “si nos sabemos apreciadores del arte, ¿estamos dispuestos a ser agredidos por éste?”.

Si bien su duración es bastante larga, 142 minutos, el ritmo y cohesión entre sus escenas ayuda mucho a que no se vuelva pesada. Sí sufre de mucha pretensión al querer abarcar demasiado, pero no por eso deja de tener efectividad siendo muy inteligente y compleja, pero no a un grado de incomprensión (irónicamente para los encargados del título en nuestro país esto debió haber sido imposible). Una película diferente que nos obliga prácticamente a empujones a salir de nuestra zona de confort a través de un juego incomodo y humanizado. Y que verdaderamente nos obliga a replantear la coherencia entre nuestras ideas, discurso y acciones.

P.D. Mientras esperamos a que Ruben regrese a la pantalla grande, pero ahora usando a la industria de la moda como temática central, esta cinta debería ser exhibida en la próxima edición de Zona Maco, como una antesala antes de introducirnos a este catártico y hermoso mundo.

Título original: The Square
Año: 2017
Duración: 142 min
Dirección: Ruben Östlund
Guión: Ruben Östlund
Fotografía: Fredrik Wenzel

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