A Toda Madre: La estupidez también hace reír

No recuerdo la última vez que una película me había hecho reír tanto. Quizás haya que remontarse hasta Matando Cabos para encontrar un referente comparable. Y no porque A Toda Madre sea una película particularmente sofisticada —de hecho, está completamente lejos de serlo—, sino porque consigue algo mucho más difícil: entregarse por completo a la estupidez, al absurdo y al desparpajo hasta convertirlos en una auténtica experiencia de catarsis.

La historia sigue a Martín, un hombre que descubre que su madre está a punto de casarse con el mismo sujeto que durante su infancia fue su bully, provocándole una serie de traumas que evidentemente no ha conseguido superar. Determinado a sabotear la boda por cualquier medio posible, Martín emprende una cruzada tan absurda como desquiciada que, entre una ocurrencia y otra, terminará obligándolo a confrontar sus propios temores, sus traumas y hasta sus más evidentes complejos edípicos.

Seamos claros: la trama es bastante sosa. Pero ese termina siendo uno de los grandes méritos de A Toda Madre. Max del Río entiende que no está contando una historia particularmente compleja y decide no fingir que lo es. En su lugar, convierte la película en una suerte de tren desbocado de situaciones cómicas que parecen encadenarse como sketches, uno detrás de otro, sin darle prácticamente descanso al espectador.

La mayoría de los chistes son gamberros, soeces y de evidente connotación sexual. Y sí, por momentos la película se excede a sí misma. Pero una vez que uno acepta las reglas de esta farsa, resulta sorprendentemente sencillo dejarse llevar. A Toda Madre se transforma entonces en un huracán de irreverencia en estado salvaje, una especie de hipnosis cómica de la que, francamente, uno no tiene demasiadas ganas de despertar, y ahí radica buena parte de su encanto, porque lo que en manos menos hábiles habría terminado siendo una comedia vulgar y olvidable, aquí encuentra cierta naturalidad gracias al desparpajo del guion y, sobre todo, a la soltura de sus intérpretes. Existe una transición particularmente orgánica del stand up hacia el lenguaje cinematográfico, sin que la película parezca simplemente un espectáculo de comedia filmado.

Incluso sus decisiones más absurdas terminan funcionando dentro del universo que propone. La aparición de personajes inanimados —como ese huevo disfrazado—, así como un par de secuencias musicales que podrían haber resultado completamente fuera de lugar, terminan integrándose con sorprendente naturalidad al tono general. La película parece entender que, una vez aceptada su lógica, prácticamente cualquier cosa es posible.

Ahora bien, técnicamente es donde encontramos sus mayores carencias. La fotografía es francamente pobre y la calidad de imagen llega por momentos a niveles difíciles de justificar en una producción destinada a salas de cine. La edición tampoco ayuda demasiado: resulta limitada, particularmente durante un inicio torpe y de ritmo lento que tarda en encontrar el tono adecuado. Sin embargo, hay algo curioso: una vez que la película consigue arrancar y toma velocidad, esas deficiencias pasan prácticamente a segundo plano porque el ritmo cómico se vuelve imparable.

Y debajo de todo este desmadre existe una lectura mucho más interesante de lo que la película aparenta, pues A Toda Madre parte de la premisa aparentemente absurda de un hijo incapaz de aceptar que su madre tenga una vida sexual. Pero justamente ahí encuentra un conflicto profundamente humano y universal: la dificultad que tenemos para aceptar que nuestros padres —y particularmente nuestras madres— también son seres sexuales.

La película pone el énfasis en la perspectiva femenina y, aunque lo hace desde la vulgaridad y la incorrección que caracterizan a toda la propuesta, toca un punto bastante pertinente: la histórica falta de autonomía que se ha impuesto sobre el cuerpo y la sexualidad de las mujeres. Primero deben contar con el permiso de sus padres. Después, con el del marido. Y cuando llega la viudez o el divorcio, pareciera que deben pedirlo a sus propios hijos. Como si en algún momento de sus vidas no pudieran simplemente decidir sobre su propio cuerpo, sus deseos, sus fantasías y sus necesidades. Es una idea particularmente potente porque no plantea que las madres “también tengan derecho a tener sexo” como una concesión extraordinaria, sino que intenta recordarnos algo mucho más elemental: siguen siendo personas.

Y quizá por eso el conflicto de Martín resulta más interesante de lo que su premisa inicial hace pensar. Su proceso de autodescubrimiento no consiste únicamente en superar al hombre que lo atormentó durante la infancia, sino en aceptar que su madre existe independientemente de su papel como madre. Tiene deseos, necesidades, aspiraciones y una vida que no le pertenece a él.

En el apartado actoral, el reparto entiende perfectamente las reglas del juego. Jesús Ochoa sobresale por su enorme capacidad para habitar el absurdo sin perder naturalidad, mientras que (sorprendentemente, al menos para mí) Adal Ramones demuestra una soltura que no esperaría encontrarle en este registro. El resto del elenco acompaña adecuadamente el tono y contribuye a que las situaciones más disparatadas nunca terminen de romper la ilusión.

A Toda Madre es, en definitiva, una comedia negra, incorrecta, vulgar, sexual y deliberadamente absurda. Una película técnicamente limitada, con una historia sencilla y un inicio que cuesta trabajo remontar. Y, sin embargo, funciona porque no tiene miedo de ser estúpida, porque entiende el poder liberador de la carcajada y porque, detrás de toda su vulgaridad, encuentra un conflicto genuino sobre la libertad, la sexualidad y nuestra incapacidad para aceptar que nuestros padres también tienen una vida propia. Una experiencia cinematográfica imperfecta, irreverente y absolutamente desquiciada que, de alguna manera inexplicable, termina siendo una de las catarsis cómicas más divertidas que hemos tenido en mucho tiempo.

Una película técnicamente muy limitada y narrativamente sencilla que, sin embargo, consigue algo que muchas comedias mucho más elaboradas no logran: hacer reír de verdad.

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Acerca del autor

Jose Roberto Ortega    

El cine es mi adicción y las películas clásicas mi droga dura. Firme creyente de que (citando a Nadine Labaki) el cine no sólo debe hacer a la gente soñar, sino cambiar las cosas y hacer a la gente pensar mientras sueña.


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