Clayface: La cara más podrida de DC

¿Quién necesita capas, supertrajes y explosiones que cuestan más que la economía de un país cuando puedes convertir el cuerpo humano en una masa de carne, deformaciones y pesadillas? DC parece haber entendido que su universo tiene espacio para algo más que superhéroes intercambiando golpes, y con Clayface nos entrega una propuesta que se atreve a embarrarse las manos con uno de los elementos más incómodos del horror: el cuerpo humano cuando deja de comportarse como debería.

Dirigida por James Watkins, Clayface nos presenta a Matt Hagen, un actor cuya vida se desmorona después de sufrir una desfiguración que amenaza con arrebatarle su carrera y su identidad. Desesperado por recuperar aquello que perdió, termina recurriendo a un tratamiento experimental que lo conduce por un camino bastante más grotesco de lo que cualquiera esperaría.

Lo interesante de esta historia es que no necesita convertir a Hagen en el típico villano que despierta una mañana con ganas de conquistar el mundo. Su tragedia comienza con algo mucho más humano: la necesidad de recuperar su rostro. Una premisa especialmente adecuada para un personaje cuya principal característica es, precisamente, dejar de tener un rostro propio.

En una época en la que muchas producciones parecen confiar ciegamente en que una computadora puede resolver cualquier problema visual, resulta refrescante encontrarse con una película que apuesta por lo tangible, lo grotesco y lo físicamente repulsivo.

Es brutal y sangrienta, aprovechando no solo las deformaciones que Clayface muestra en pantalla, si no como va asumiendo el rol de varios personajes a lo largo de la película conforme va en descenso hacia la locura.

No sería justo reducir la película a una colección de imágenes grotescas, ya que Clayface funciona como una historia de origen porque entiende que, antes de convertirse en un monstruo, Matt Hagen tiene que ser una persona. La transformación física adquiere mayor relevancia cuando existe un conflicto detrás de ella, cuando podemos comprender qué intenta recuperar el protagonista y por qué su necesidad de volver a la normalidad termina convirtiéndose en su propia condena.

Esta producción también demuestra que no todas sus historias necesitan cargar con la responsabilidad de construir el siguiente gran evento cinematográfico, basta con tener una historia sólida, un protagonista interesante y una propuesta estética bien definida. Clayface cumple con esa función al ofrecer una historia de origen decente que encuentra su lugar dentro de un universo cinematográfico que necesita diversidad de tonos y géneros para no terminar convertido en una fábrica de productos idénticos.

Clayface es una excelente adaptación del villano de Batman y una muestra de que DC puede encontrar historias interesantes fuera de las capas y los golpes. Su historia de origen resulta sólida, sus efectos prácticos son capaces de provocar auténtico rechazo físico y su propuesta de horror corporal le da una identidad propia.

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Acerca del autor

Salvador Lechuga     @bit_freaks


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