Dead Man’s Wire: Los medios construyen héroes y villanos

Basada en hechos reales, Dead Man’s Wire recupera un episodio tan insólito como fascinante de la historia criminal estadounidense para construir un thriller policiaco de época que, bajo la aparente sencillez de un secuestro, esconde una aguda reflexión sobre el poder, el corporativismo y la manera en que los medios de comunicación construyen héroes y villanos.

Dead Man’s Wire sigue a Tony Kiritsis, un hombre común que, acorralado por una situación que considera injusta, decide tomar como rehenes a un banquero y a su esposa, armado con una escopeta modificada y dispuesto a hacer valer sus exigencias a cualquier precio. Lo que comienza como un acto desesperado rápidamente se convierte en un acontecimiento mediático que atrae la atención de la policía, la prensa y una sociedad ávida de espectáculo.

A partir de esta premisa, Gus Van Sant construye un relato que va mucho más allá del thriller convencional. La Negociación se permite funcionar como una crítica al corporativismo y a los abusos de quienes poseen los medios, el dinero y la información necesarios para utilizarlos en su propio beneficio, incluso a costa del ciudadano promedio, quien parece tener como únicos recursos sus sueños, su esfuerzo y la esperanza de que el sistema funcione.

Es precisamente ahí donde surge el dilema moral que plantea Dead Man’s Wire. ¿Debemos justificar a Kiritsis y comprender las circunstancias que lo llevaron a convertirse en un antihéroe? ¿O debemos defender el orden, la seguridad y la justicia, aun cuando las instituciones que las representan parecen haber fallado previamente? Van Sant evita ofrecer respuestas sencillas y, en lugar de dictar sentencia, coloca al espectador en una incómoda posición desde la que debe construir su propio juicio moral.

El guion, afortunadamente, no se limita a explotar la acción y la tensión inherentes a la situación. Con enorme inteligencia, introduce momentos de comedia sutil que oxigenan la narrativa sin romper su tono y que permiten comprender mejor lo absurdo de las circunstancias. Es un equilibrio delicado, pero efectivo: la película puede ser angustiante y divertida en cuestión de minutos, sin que ninguna de las dos sensaciones termine apabullando a la otra.

La tensión, de hecho, es uno de sus mayores logros. Se instala desde el primer minuto y se mantiene prácticamente durante todo el metraje, gracias en buena medida a un trabajo de edición excepcional. El montaje administra con precisión la información, los tiempos y las reacciones de los personajes, construyendo un ritmo que mantiene al espectador permanentemente atento. Es, sin duda, uno de los mejores trabajos de edición que hemos visto en lo que va del año fílmico.

La ambientación también merece reconocimiento. La dirección de arte y el diseño de vestuario consiguen recrear la época con enorme precisión, mientras que la puesta en escena aprovecha cada elemento para sumergirnos en un periodo donde la televisión comenzaba a transformar acontecimientos reales en espectáculos de consumo masivo.

En ese sentido, la música desempeña un papel fundamental. La selección musical está delicadamente diseñada para acompañar la trama y reforzar la ambientación temporal. Aunque el score de Danny Elfman no tiene una presencia particularmente dominante, la curaduría musical consigue exactamente el efecto que la película necesita: situarnos en una época y, al mismo tiempo, acompañar emocionalmente el descenso de sus protagonistas hacia un territorio cada vez más impredecible.

Pero si hay un elemento que sostiene definitivamente a Dead Man’s Wire, es su extraordinaria dupla protagónica. Bill Skarsgård y Dacre Montgomery ofrecen un trabajo exquisito, no solamente por la química que desarrollan entre sí, sino por la manera en que construyen sus personajes a partir de pequeños gestos, miradas, silencios y manerismos. Ambos comprenden que la tensión no siempre necesita ser verbalizada y consiguen transmitir el estrés, las dudas, el miedo y las contradicciones de sus personajes incluso cuando permanecen en silencio. Es precisamente su química actoral la que permite que la película alcance su dimensión más humana. Más allá del secuestro, de la policía y de los medios, lo que vemos es el choque entre dos individuos atrapados en circunstancias que los rebasan. La inclusión de Al Pacino, Colman Domingo y Myha’la, en participaciones más breves, resulta igualmente refrescante y aporta un peso adicional a un reparto que funciona en conjunto con solvencia.

Gus Van Sant, cuya carrera ha atravesado altibajos notables, parece reencontrarse aquí con su mejor versión. Dead Man’s Wire es una película entretenida, tensa y accesible, pero también lo suficientemente inteligente como para invitar a la reflexión. Su mayor virtud es que no termina siendo una película sobre las acciones de sus personajes, sino sobre sus percepciones y los contextos personales que las determinan.

Y quizá ahí se encuentra su comentario más interesante. Van Sant utiliza los medios de comunicación como un personaje más, mostrando cómo una situación trágica puede transformarse rápidamente en un espectáculo circense y cómo la opinión pública puede ser moldeada a partir de imágenes, narrativas y símbolos. Hay una escena particularmente brillante en la que la película contrapone la mítica figura del héroe macho representado por John Wayne con la imagen de un Tony Kiritsis casi pusilánime, rebasado por la marea mediática y por un equipo de policía igualmente inoperante. La comparación resume buena parte de la tesis del filme: los héroes no siempre existen como tales; muchas veces son construidos por quienes cuentan sus historias.

Dead Man’s Wire termina siendo, así, un thriller policiaco que utiliza el suspenso para hablar de algo mucho más complejo. De poder, desigualdad, percepción y manipulación mediática. Una película que nos invita a preguntarnos si nuestras simpatías están determinadas por la verdad de los hechos o por la manera en que alguien decidió contárnoslos.

Y mientras el espectáculo continúa, Van Sant nos deja frente a una pregunta incómoda: ¿quién es realmente el héroe cuando todos tienen una perspectiva distinta de la historia? ¿A quién justificamos en su accionar?

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Acerca del autor

Jose Roberto Ortega    

El cine es mi adicción y las películas clásicas mi droga dura. Firme creyente de que (citando a Nadine Labaki) el cine no sólo debe hacer a la gente soñar, sino cambiar las cosas y hacer a la gente pensar mientras sueña.


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