Dolor y Gloria, el Almodóvar menos Almodóvar

Luego de tres años desde aquella Julieta suya que nos hizo viajar por trenes en mares embravecidos y llenos de drama, Pedro dio a luz de su entraña y su memoria, su más reciente historia, su Dolor y su Gloria. ¿El resultado? Un conglomerado intimista de la vida del manchego en el que se entretejen los recuerdos más gozosos de un pasado que hoy pesa sobre sus huesos, unos cada vez más frágiles e impotentes a sentirse merecedores de un ápice de deseo, ese primer deseo que lo llevó a ser al que hemos aplaudido en infinidad de veces y ante el que hoy, me quedé sin saber qué decir.

No sé a usted, pero me parece que hablar del film más personal de Almodóvar y que estemos ante la historia menos almodovariana, no solo es incongruente, es que es casi imposible, y, sin embargo, es así.

¿Pero de qué va? Pues de un director llamado Salvador Mallo (Antonio Banderas) en el ocaso de su carrera, sin ganas de hacer nada e impedido a sacar algo que refresque su nombre y su fama por una razón que ni él mismo termina de entender bien. Las cosas se mueven cuando a más de treinta años del estreno de su película Sabor, él y su protagonista (Asier Etxendia) volverán a reencontrarse para limar asperezas mediante unos viajes de heroína que lo harán remover emociones puras y duras, enlazando sus ayeres con el hombre complejo y lleno de dolencias en el que se encuentra convertido hoy.

Ahí conocemos a su madre (Penélope Cruz) y su infancia blanca e idílica como pueblo andaluz para después, dar un salto hasta el Madrid de la movida donde sabemos de sus excesos, amores rotos y fracasos varios aderezados con tequila y Chavela Vargas… entonces, ¿qué es lo que está mal? Pues que, teniendo los ingredientes para cocinar un delicioso drama lleno de emoción, de perplejidad y de esa angustia que nos ha removido por dentro hasta las lágrimas durante años, en todas sus cintas, faltó a su cita más importante y nunca llegó.

Contando con un reparto tan bueno que pueda darse el lujo de tener a Cecilia Roth tan solo 10 minutos y contar con mujeres de la talla de Julieta Serrano, Nora Navas y hasta una pequeña aparición con la sensación del momento, Rosalía, Dolor y Gloria se queda titubeante, como el beso que se contiene entre dos que se saben amados y deseados, pero que por un pudor casi impuesto, contiene su entrega total.

Le juro que es la primera vez que veo una de Almodóvar y no lloro, no pude y eso me dolió. Porque ni los diálogos entre madre e hijo, ni los silencios entre dos que se amaron, ni el redescubrimiento de las palabras en un ordenador, pudieron revelarnos nada.

Eso sí, punto y aparte la gran actuación que Banderas nos regala, porque desde su primer diálogo uno escucha de inmediato claramente la voz del manchego. Sin duda, una enorme interpretación que no en balde conquistó a Cannes y le valió su palma de oro.

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