Don’t Say Good Luck: ¿El nuevo camino de Happy Madison?
En los últimos años, Happy Madison (la compañía productora de Adam Sandler) ha pasado por una transformación completa, abandonando el humor gamberro de su fundador y experimentando con comedias más enfocadas al público adolescente desde su alianza con Netflix. Este nuevo enfoque viene principalmente de su descendencia, ya que ahora Sunny y Sadie Sandler se hacen cargo de la redefinición de la marca de su padre desde su verdadero debut actoral la horrible “You Are So Not Invited to My Bat Mitzvah”. Siendo “Don’t Say Good Luck” la tercera producción resultante de esta nueva etapa y que, si bien tiene problemas notorios como sus 2 antecesoras, tiene la suficiente lucidez como para trascender su propia ligereza y falta de pretensión.

Don’t Say Good Luck habla de Sophie, quien ha sido elegida para interpretar a la protagonista de “Waitress” en la obra de teatro de la escuela. Pero mientras se prepara para el rol, lo que al inicio es una gran noticia pronto se verá afectada por un evento que tendrá a toda su familia expectante del futuro: su mamá enferma de cáncer. Los problemas familiares se anteponen a los deberes escolares y afectarán más de lo que piensa al desempeño actoral.
Para empezar, la directoria Julia Hart se acerca a uno de esos momentos que pueden cambiar para siempre la manera de mirar el mundo: afrontar la pronta muerte de un ser querido. Y lo hace con una sensibilidad muy cuidadosa al poner toda la atención en las relaciones interpersonales y en aprender a convivir con esa incertidumbre, teniendo muchos encuentros de convivencia entre madre, padre e hijos que fomentan la convivencia para hacer de lado el futuro que se avecina. La presencia del cáncer pesa sobre la familia, pero no es el enfoque principal, siendo más importante retratar la desviación mental de Sophie por evadir el dolor, principalmente estando fuera de casa y dedicándose por completo a la obra.

Ahora, lo que es inevitable es que Don’t Say Good Luck se siente muy manipuladora, en gran parte por la música y la redundancia de muchas escenas donde se nota demasiado claramente qué quiere provocar e intenta buscar la lágrima fácil, más que nada por forzar la emotividad. Pero lo compensa con el humor proveniente de las situaciones de la vida diaria, la contradicción entre querer celebrar un triunfo personal y sentirse culpable por hacerlo hace que cada actividad y gesto adquieran un nuevo significado porque cada momento puede ser el último. Y esto retroalimenta a la obra de teatro porque cumple la función como método de sanación y sea una extensión a la construcción de personaje, pues gran parte de la experiencia ayuda y perjudica el desempeño actoral.
Cierto que le falta más experiencia, pero Sunny Sandler le proporciona inseguridad, gracia y algo de torpeza emocional a Sophie, que lejos de ser la típica adolescente, se le coloca en una situación difícil que cambia su entorno y emana una naturalidad en ambos escenarios. De seguir así y teniendo oportunidad de mejores directores, podría igualar el rango de su padre. Y luego está Melanie Lynskey, un rol que pudo ser un maniqueísmo fácilmente se perfila entre las mejores actuaciones de su carrera como una madre que intenta proteger a su hija y seguir atendiendo a su familia mientras ella misma necesita ayuda. Si bien el resto del reparto está algo desperdiciado, se le da un poco de mérito a Steve Buscemi como el abuelo, no sólo aligera la trama durante sus apariciones, sino que permite que los demás personajes se encaminen a respuestas más directas.

Don’t Say Good Luck es una tragicomedia simple, sin nada que sobre ni que sobresalga, que pudo ser un típico coming-of-age enfocado a la vida adolescente, pero que consigue su objetivo en entregar algo insólito para una compañía cuya identidad es tan marcada que es imposible verla de otra manera. Quizá el tramo final pone demasiado en evidencia su superficialidad y podría haberse contenido un poco más en el manejo emocional, en especial porque necesitaba una conclusión más concisa y clara, pero es un buen ejemplo de que muchas películas pequeñas pueden dar la sorpresa. Un cambio más que bienvenido para la familia Sandler que no molestaría verla seguir por este camino e ir mejorando.