Los demonios del amanecer: O los demonios del paso del tiempo.

Julián Hernández es sin duda, un pionero y uno de los cineastas abiertamente queer más reconocidos de México, pero su estilo se ha vuelto cada vez más polarizante y le ha costado adaptarse a los ‘nuevos tiempos’. Julián hizo historia al ganar dos premios Teddy (a películas LGBT) en el Festival Internacional de Cine de Berlín. El primero fue con ‘Mil nubes de paz cercan el cielo, amor, jamás acabarás de ser amor’ (2003) y el segundo con ‘Rabioso sol, rabioso cielo’ (2009). En su momento, su cine fue un bombazo porque nadie en México estaba retratando el deseo homosexual masculino de una forma tan frontal, poética y sin tapujos. Pero para males del director, ya estamos en 2026 y las cosas pareciera que no, pero han cambiado mucho con Los demonios del amanecer

En ‘Los demonios del amanecer’ tenemos la historia de Orlando y Marco, dos jóvenes en la Ciudad de México que se conocen, se enamoran y deciden vivir juntos. La trama nos muestra su día a día, el descubrimiento mutuo, el desgaste de la rutina y las tentaciones que amenazan su relación.

El principal problema de la película es su escritura, en la que el conflicto central (los celos y la infidelidad) es tan delgado y llega muy tarde, incluso el giro de la historia aparece pasada la primera mitad del filme, lo cual la hace pesada de ver y monótona. No tenemos realmente una estructura clara de lo que quiere contar, entonces queda como cualquier otra historia de ‘pareja gay se enamora y nos cuenta su día a día’. La llegada tardía del giro, además, se siente muy cliché, tanto que avergüenza y hace que se sienta como una cosa ochenterísima.

Como es típico en el cine de Hernández, su estilo de escritura rechaza el realismo. Él busca un tono poético, literario y (según él) estilizado. Esto no sólo contrasta negativamente con el aspecto visual, que sí es realista, sino que hace que muchas cosas y diálogos se sientan “coreografiados” y cero naturales. Las escenas de coqueteo incluso están a dos pasos de ser ‘La Rosa de Guadalupe’.

Lo que antes distinguía a Julián Hernández, esas miradas lánguidas, los cuerpos entrelazados y las caminatas por la CDMX, ahora con Los demonios del amanecer se sienten como un cliché de sí mismo, como un cascarón vacío. Es como ver un videoclip o un ejercicio estético alargado sin una estructura dramática sólida que sostenga las más de dos horas de metraje. Esa falta de estructura dramática afecta directamente a los personajes como una suerte de barrera de cristal; podemos verlos, pero al no tener un contexto mayor de ellos fuera de la relación, es muy difícil empatizar o sentir algo genuino por ellos. Con todo y eso, su protagonista Luis Vegas, nueva suerte de fetiche del director, sobresale al llevar, como mejor puede, la película en sus hombros.

Para la parte técnica, la verdad es que no hay mucha queja. Su asiduo Alejandro Cantú (‘El cielo dividido’, ‘El diablo entre las piernas’) nos entrega unos planos y uso de la luz que ayudan a sobrellevar lo largo del filme.

En su momento, por ahí de los inicios de los 00s, se hablaba de Hernández casi como el heredero del cine queer mexicano después de Jaime Humberto Hermosillo. Pero aquí hay una diferencia importante, Hermosillo exploraba la disidencia sexual desde la transgresión social y la psicología de sus personajes, mientras que Julián Hernández a menudo se queda en la exploración formal y coreográfica del cuerpo, es decir, del sexo. Pero en Los demonios del amanecer Julián Hernández sigue filmando el deseo homosexual como si el tiempo no hubiera pasado. Lo que en 2003 era innovador y transgresor, hoy se siente desgastado, sobre todo cuando nuevas generaciones de cineastas están contando historias queer con mucha más naturalidad y corazón. Para muestra sobran botones: ‘El fin de las primeras veces’, ‘En el camino’ y un montón de cortometrajes que nos enseñan que la democratización tecnológica ha rebasado los estilos estéticos o las narrativas ‘transgresoras’.

Y no es que ‘esté mal’ hablar de sexo ni mostrarlo, sino que su lenguaje cinematográfico dejó de evolucionar mientras el cine LGBT sí lo hizo. Hermosillo utilizaba el sexo para incomodar. Julián muchas veces parece utilizar el sexo como lenguaje principal. En los 90 y principios de los 2000 bastaba con mostrar dos hombres besándose para ser transgresor. Hoy eso ya no alcanza para satisfacer a un espectador que ha evolucionado, que se ha vuelto exigente y para quien el amplio abanico de oferta cultural / de entretenimiento le ofrece algo más interesante.

Quizá ‘Los demonios del amanecer’ es una película que se sigue valiendo de las herramientas de hace veinte años mientras el resto del cine LGBT ya cambió. No porque ahora haya menos sexo, sino porque hoy se entiende que el deseo, por sí solo, ya no basta para sostener una película.

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Acerca del autor

Leo Idair    

MOCATRIZ (Modelo, Cantante y Actriz) en Instagram pero humanista en la vida real. Creo en las utopías pero sin dejar la realidad fuera. Dame una buena telenovela y estoy a bordo. Mi mamá me hizo cinéfago desde chiquito.


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