Ouija, el origen del mal. El verdadero horror, es ir a verla.

Pues sí, ahí tiene que como corresponde a la época, Ouija, el origen del mal, es una de esas películas desesperadas por contar una historia que asuste, pero que en su infinita ignorancia, hace absolutamente de todo para lograrlo, y ahí, mis queridos lectores, está el error. Porque una cinta del género que se jacte de lograr meter el susto en el cuerpo y más allá, no necesita ni de segundas partes, ni de chistes metidos con calzador, ni de fallidos homenajes a sus predecesoras para terminar siendo una experiencia perfectamente olvidable.

¿De qué va?

Atención aquí, estamos ante la secuela de Ouija (2014) ¿usted la recuerda? Sí respondió que sí por favor, ya no se esfuerce en seguir leyendo porque sabe perfectamente hacia donde voy. Si por el contrario, tuvo usted la suerte de no haber caído en ese juego, le cuento que aunque la batuta de director cambió, el efecto resultó igual o peor: Mike Flanagan nos entrega una cinta colmada de errores que en principio, hacen sonreír, luego bostezar, después desesperar y finalmente, terminar por desear que aquello se acabe ya.

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¿Y qué se cuenta? Pues mire, todo gira en torno a una familia que vive en Los Ángeles en la época de los 50s. Dos hijas (Annalise Basso y Lulú Wilson) y su madre viuda, (Elizabeth Reaser), luchan por salir adelante a base de jugarle al médium y sacar una lana de la gente desesperada por comunicarse con sus seres queridos. Bien chistoso, no vea, se destornilla uno de risa… la cosa se pone seria cuando a la más peque de las chamacas, se le mete un espíritu macabrón que le pone los ojos de huevo, la hace escribir polaco y le quita todo su charming, aunque se ve divis divis jugando con la ouija y tratando de ver a su padre muerto. ¡Aw, cosi!

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Y entonces, ahí está la papa, la niña tiene poderes y hay que explotarlos, la mamá se pasa por el forro los derechos que estipula la UNICEF y explota de lo lindo a la peque, al grado de no enviarla a la escuela y descuidar a su otra hija, una adolescente bien linda y bien buena que se preocupa tanto por los cambios de su sis, que acude a un padre super cute y alivianado (Henry Thomas) que habita su escuela.

Así, el padre bombón, que en una primera instancia intenta pegar chicle con la mamá, (pero luego se arrepiente) se da cuenta de que la pequeña Dorys, está poseída y hay que rescatarla.
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A partir de ahí nada tiene sentido y todo se convierte en muertes mal hechas, exorcismos a medias, hechos que en lugar de horrorizar dan risa y un largo etcétera que culmina en un final cuachalota para salir del paso.

¿Y entonces?

Entonces, tras poco más de una hora de estar viendo todo aquello, uno se da cuenta que ha gastado más de 100 pesos entre refrescos y botana y que todavía falta pagar el Uber; que hay gente a la que tendrían que prohibirle la entrada a las salas de cine en las pelis de “terror” (esas mujercitas que se la pasan diciendo: ay no quiero ver, no quiero ver) y que hay prensa payoleada a la que le fascina mostrar charola y decir que la peli estuvo padrísima porque si no, ya no los vuelven a invitar.

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¿Vale la pena?

Le puedo asegurar que más rápido que en lo que Peña Nieto la vuelve a cagar, usted podrá ver este bodrio sin sentido en la comodidad de su hogar, ahí, en la televisión por cable primero y después, en el canal 5, en cine permanencia voluntaria, un sábado o domingo cualquiera, en una tarde después de una carne asada, perfecta para rendirse a los brazos de Morfeo y dormir como un ángel. Hasta entonces, hágame caso, ahórrese el tiempo, el gasto y los corajes. Redescubra sus clásicos del terror favoritos, póngase a ver Macario o El Escapulario, joyas del cine nacional que son idóneas para estas festividades y que honran con maestría al género.

He dicho.

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Cat Movie Lee    


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