Sólo por una noche: Una suerte de Purga, pero sexual.

¿Qué pasaría si el gobierno decidiera que sólo existe una noche al año en la que los solteros tienen permitido tener relaciones sexuales? La premisa de Sólo por una noche resulta tan absurda como provocadora: en una Nueva York parcialmente ficcional, el sexo fuera del matrimonio ha sido prohibido por disposición oficial y los ciudadanos solteros cuentan con una pequeña ventana anual para satisfacer aquello que, durante el resto del año, les está vedado.

Es precisamente esta idea la que permite a Will Gluck construir una comedia romántica que, al menos en su primera mitad, encuentra una fuente de situaciones absurdas genuinamente disfrutables. Durante esa noche de libertad sexual, Owen (Callum Turner), un joven que acaba de ser abandonado por su pareja, cruza caminos con Allie (Monica Barbaro), una cantante de jingles que todavía cree en el amor romántico y en la posibilidad de encontrar una conexión genuina.

Sólo por una noche aprovecha inteligentemente su premisa para poner sobre la mesa nuestra propia relación con el sexo y el amor. Ante la escasez de tiempo y la presión social, ambos sexos se convierten en auténticos depredadores que reducen cualquier interacción a un objetivo primordial: conseguir con quién acostarse. El deseo deja de ser una experiencia íntima para convertirse prácticamente en una competencia y hasta una necesidad imperiosa. En medio de ese frenesí aparecen Owen y Allie, quienes representan justamente lo contrario. Ambos se resisten a reducir el encuentro sexual a un trámite y prefieren construir primero un vínculo.

Gluck se divierte particularmente con las consecuencias prácticas de su mundo. Conseguir un condón durante la noche de mayor demanda del año se convierte en una misión casi imposible; aparecen estafadores que aprovechan la desesperación de quienes buscan pareja y cada esquina parece transformarse en un mercado donde se comercia con una necesidad humana básica. Son secuencias sencillas, ágiles y divertidas que demuestran que Gluck sabe desenvolverse particularmente bien cuando no intenta hacer de más. Sólo por una noche tiene ritmo, encanto y un sentido del humor ligero que funciona especialmente durante su primera mitad y buena parte de ello se debe a sus protagonistas. La química entre Callum Turner y Monica Barbaro es innegable y, acompañada de la belleza de ambos, se convierte en el principal motor de la historia.

Turner resulta una elección particularmente acertada para Owen: derrocha encanto, personalidad y esa combinación de vulnerabilidad y seguridad que necesita un protagonista de comedia romántica. Barbaro, por su parte, sorprende no sólo por su presencia y enorme belleza, sino también por sus habilidades vocales. El problema está en que su personaje está considerablemente menos desarrollado. Mientras Owen cuenta con una historia, contexto familiar, éxito profesional e inteligencia emocional perfectamente establecidos, Allie parece existir principalmente para complementar su recorrido.

Y ahí aparece uno de los problemas más evidentes de Sólo por una noche: quiere cuestionar la idealización del amor romántico, pero termina idealizando precisamente a su protagonista masculino. Owen es prácticamente el catálogo completo del hombre perfecto de la chick flick: atractivo, exitoso, sensible, emocionalmente inteligente, familiar y, además, capaz de escuchar. La película incluso se esfuerza por explicar sus virtudes, mientras que Allie recibe mucha menos atención. Esto resulta más llamativo porque la premisa permitía explorar lo contrario: dos personajes enfrentados a un mundo que ha convertido el sexo en una obligación y que, sin embargo, deciden recuperar la posibilidad de elegir cómo y con quién relacionarse. Pero Gluck no parece interesado en llegar tan lejos.

El “Mandato” que prohíbe las relaciones sexuales fuera del matrimonio podría haber servido como punto de partida para una crítica política y social mucho más aguda. ¿Quién lo impuso? ¿Por qué la sociedad lo acepta? ¿Qué consecuencias tiene? ¿Qué ocurre con quienes deciden desafiarlo? Sólo por una noche apenas se preocupa por responder estas preguntas y, de manera curiosa, presenta esta legislación absurda como una realidad prácticamente asumida por todos. Es una oportunidad desaprovechada. Porque cuanto más pensamos en el mundo que propone la película, más interesante resulta que aquello que podría haber sido una sátira social termine funcionando simplemente como el escenario de una comedia romántica convencional. Y convencional es precisamente la palabra que mejor describe su estructura.

“Sólo por una noche” termina recurriendo a prácticamente todos los mecanismos de la chick flick: encuentros fortuitos, malentendidos, obstáculos convenientemente colocados, idealización del protagonista, separación, reconciliación y una resolución tan previsible como simplista. El espectador difícilmente tendrá problemas para anticipar hacia dónde se dirige la historia. Afortunadamente, Will Gluck sabe hacer que el trayecto sea suficientemente entretenido.

También resulta agradable encontrarse con Molly Ringwald, una auténtica reina de la comedia romántica y particularmente de la chick flick, cuya presencia funciona como un guiño para quienes conocen el género. A ello se suma una cuarteta de cameos que resultan particularmente disfrutables y que añaden pequeñas dosis de sorpresa a una película que, por lo demás, juega demasiado seguro.

“Sólo por una noche” es, en definitiva, una comedia romántica disfrutable, particularmente durante su primera mitad, cuando se permite explotar las posibilidades de un mundo en el que el sexo se convierte en un acontecimiento anual y casi deportivo. El problema es que una premisa tan provocadora merecía una película mucho más atrevida.

Gluck tenía frente a sí la posibilidad de hablar sobre el control de nuestros cuerpos, la construcción social del deseo, la idealización del amor y la absurda necesidad de convertir las relaciones humanas en reglas y categorías. En cambio, decide contarnos una historia de amor bastante convencional dentro de un universo extraordinariamente poco convencional. Y quizá esa sea la mayor ironía de Sólo por una noche: en un mundo donde sólo existe una noche para hacer lo que uno quiera, Will Gluck decide no correr prácticamente ningún riesgo.

Postdata: si planean ver esta película con su pareja, lleguen sabiendo cuál es su pizza favorita… nos lo agradecerán después.

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Acerca del autor

Jose Roberto Ortega    

El cine es mi adicción y las películas clásicas mi droga dura. Firme creyente de que (citando a Nadine Labaki) el cine no sólo debe hacer a la gente soñar, sino cambiar las cosas y hacer a la gente pensar mientras sueña.


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