Sagrado Corazón: Panfleto patrocinado por todos menos Diosito

De inicio, al encontrarnos con la publicidad de Sagrado Corazón —que ha invadido la Ciudad de México— no resulta sencillo saber qué esperar. ¿De qué puede tratar una película anunciada casi exclusivamente a partir de un icono religioso? ¿Por qué semejante despliegue publicitario? Y, sobre todo, ¿quién está detrás de su distribución? Para comenzar a responder, hay que señalar que estamos ante una obra de docuficción que reconstruye el origen y expansión de la devoción al Sagrado Corazón de Jesús, partiendo de las apariciones atribuidas a Santa Margarita María Alacoque en la Francia del siglo XVII y siguiendo el recorrido de esta tradición por distintos continentes y épocas. A estas recreaciones se suman testimonios que aseguran haber experimentado un despertar espiritual después de asistir a los retiros de Paray-le-Monial, conocido como la Ciudad del Sagrado Corazón.

El principal temor es encontrarnos con una película propagandística, una suerte de prédica trasladada del púlpito a la pantalla grande. Y, lamentablemente, ese temor no resulta del todo infundado, y aunque las recreaciones tienen una manufactura visual interesante, el conjunto difícilmente se aleja de lo que podría ser un especial televisivo de corte religioso. La estructura, el tratamiento de los testimonios y la manera de presentar la información hacen pensar más en un producto diseñado para History Channel, MariaVisión o plataformas especializadas que en una obra concebida para el cine.

Y aquí aparece la principal pregunta: ¿realmente estamos ante una película que justifica su exhibición comercial en salas?

La pregunta no tiene que ver con su contenido religioso. Defendemos, por supuesto, la libertad de expresión y de creencias, y no existe ninguna razón para negar al cine de valores, espiritual o confesional un espacio dentro de la oferta fílmica. Pero una cosa es respetar el derecho de una obra a existir y otra muy distinta es renunciar a evaluarla desde sus méritos cinematográficos, y Sagrado Corazón tiene dificultades precisamente en ese terreno.

Sagrado Corazón se acerca al origen del culto, pero rara vez se interesa por problematizarlo. Las apariciones de Santa Margarita María Alacoque son presentadas prácticamente desde la certeza absoluta, sin recurrir a una perspectiva histórica, crítica o incluso documental que permita al espectador comprender las distintas interpretaciones que existen alrededor de estos acontecimientos. No se trata de exigirle a una película religiosa que cuestione la existencia de Dios. Se trata de pedirle que, como documental, investigue, contextualice y contraste.

En cambio, Sagrado Corazón parece asumir desde el primer momento que su espectador comparte las premisas que le son presentadas. No busca convencer al escéptico porque tampoco parece interesada en dialogar con él. Los testimonios apuntan en una misma dirección y la estructura narrativa termina funcionando como una confirmación de aquello que el espectador creyente ya estaba dispuesto a aceptar. Es, entonces, predicarle al coro, y en ese sentido, Sagrado Corazón parece diseñada principalmente para hablarle a su propia feligresía.

Incluso la selección de testimonios se percibe en ocasiones demasiado calculada, como si respondiera más a una necesidad de representar distintos perfiles que a una verdadera intención documental. Hay participantes de distintos orígenes, nacionalidades y condiciones, pero la diversidad termina sintiéndose más como una decisión de casting que como una consecuencia orgánica de la investigación.

Más desconcertante resulta la aparición de los Caballeros de Colón, cuya presencia termina pareciendo más cercana a un espacio promocional que a una necesidad narrativa (créame, querido lector, que si no sabe quiénes son, espero que jamás tenga que ver nada con ellos). Si detrás de la producción existe algún vínculo de patrocinio con esta organización, Sagrado Corazón no hace demasiado por ocultar su naturaleza de producto destinado a un público específico.

Hay, sin embargo, un elemento que merece reconocerse. Los testimonios personales, aun cuando están claramente orientados hacia una conclusión espiritual, transmiten cierta honestidad. No todos buscan vender una epifanía ni presentar una transformación milagrosa. En varios casos, los participantes hablan simplemente de la paz y estabilidad espiritual que dicen haber encontrado, incluso mientras continúan enfrentando problemas perfectamente cotidianos. Es quizá en esos momentos, cuando Sagrado Corazón abandona el discurso y permite hablar a las personas, donde encuentra su dimensión más genuina. El problema es que esos instantes resultan insuficientes para sostener una propuesta que pretende trascender el formato de un documental confesional.

Sagrado Corazón termina siendo una experiencia imposible de recomendar desde una perspectiva estrictamente fílmica. No por aquello en lo que cree, sino por la manera en que decide contárnoslo. Hay cine religioso extraordinariamente poderoso porque utiliza la fe como punto de partida para explorar al ser humano, sus contradicciones, sus dudas y sus conflictos. Aquí, en cambio, parece conformarse con reafirmar aquello que su público ya cree.

Y esto resulta particularmente cuestionable cuando observamos su distribución. Mientras numerosas propuestas nacionales e internacionales con mayor ambición artística luchan por encontrar espacios de exhibición, Sagrado Corazón llega respaldada por una campaña publicitaria considerable y una presencia en salas que difícilmente corresponde a la escala cinematográfica de la obra.

Quizá funcione comercialmente. Quizá encuentre en las congregaciones y comunidades religiosas un público fiel que convierta su exhibición en un éxito. Y, finalmente, ese público tiene exactamente el mismo derecho que cualquier otro a elegir en qué gastar su dinero y su tiempo. Porque el libre albedrío también aplica para comprar un boleto.

Y, dejando de lado nuestras creencias —seamos creyentes, ateos o agnósticos— hay algo que probablemente todos compartimos: el deseo de encontrar un poco de paz, de dar amor y de recibirlo. Sagrado Corazón habla precisamente de eso, sólo que, para encontrarlo, quizá no sea indispensable hacerlo en una sala de cine.

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Acerca del autor

Jose Roberto Ortega    

El cine es mi adicción y las películas clásicas mi droga dura. Firme creyente de que (citando a Nadine Labaki) el cine no sólo debe hacer a la gente soñar, sino cambiar las cosas y hacer a la gente pensar mientras sueña.


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